Untitled Document

 

Untitled Document



.....................................

.....................................

.....................................
.....................................


 Bibliografía - Libro Racismo y Discriminación en la Argentina

Faltaba poco para el amanecer aquel primero de enero de 1872 en Tandil, entonces una pequeña ciudad de la Provincia de Buenos Aires. Los festejos por el Año Nuevo habían terminado no hacía mucho, pero ya el silencio era total. La gente dormía profundamente; con seguridad muchos soñaban y quizá algunos se removían inquietos en sus lechos; ninguna pesadilla, sin embargo, podía asemejarse a la tragedia que estaban por desencadenarse.
Un estruendo de cascos irrumpió en la noche y se concentró en la calle del juzgado. Una docena de gauchos ingresó en el edificio, violentando sus puertas. Buscaban armas, que no encontraron. El lugar no estaba deshabitado: el indio Nicolás, que había pasado la fiesta en soledad, era el único preso del pueblo. Para su sorpresa, fue liberado por los gauchos, que volvieron a sus caballos y siguieron recorriendo las calles, hasta que encontraron a un organillero italiano, que arrastraba penosamente su instrumento de trabajo, quizá de regreso de alguna fiesta lejana. Al grito de "¡muerte a los extranjeros!" y vivas a la religión, los hombres rodearon al italiano y lo golpearon sin piedad, salvajemente. Cuando partieron, dejaban atrás un organillo roto y un hombre muerto.
La partida continuó su cabalgata siniestra en dirección a las afueras. Buscaban una caravana de carretas en las que dormían unos comerciantes vascos, que tenían pensado ingresar al pueblo con las primeras luces del día. Ahora el grito fue: "¡mueran los gringos y los vascos!".
Salieron a relucir los cuchillos y alguna lanza. Jacinto, un gaucho de mirada recelosa y extraviada, dirigió el degüello hasta que nueve cadáveres unieron su silencio al de la pampa sin límites. Alguien, sin embargo, había conseguido sobrevivir, oculto en el fondo de su carreta, bajo una pila de cueros.
La marcha mortal siguió hasta el almacén de otro vasco, quien fue asesinado sin miramiento. Aunque perdonaron a su mujer, porque era argentina, no pasó lo mismo con el joven peón, hijo de italianos, que fue descubierto en su escondite y también degollado en el acto.
La partida buscó después un almacén de ramos generales propiedad de un estanciero inglés. Mister Thompson no sobrevivió más que unos segundos, al igual que sus dependientes, un joven matrimonio.
La primera claridad del amanecer los sorprendió galopando como jinetes fantasmas y en la punta de las lanzas podía verse la divisa punzó. Más tarde, un testigo dijo que escuchó vivas a la Confederación.
Los asesinos volvieron a detenerse en la casa de Juan Chapar, extranjero que había progresado mucho desde su llegada a Tandil. Un pequeño de sólo cinco meses de vida fue arrancado de los brazos de su madre y degollado de inmediato, mientras la mujer, ganada por la locura, reía y aullaba. Una segunda hija, Paula, de cinco años, murió al recibir varias cuchilladas que entraron entre sus costillas.
Una adolescente corrió la misma suerte, aunque antes fue violada por varios de los criollos enloquecidos, entre insultos a los extranjeros y a los masones y vivas a la religión católica.
Cuando la partida se alejó del lugar, dejó atrás un tendal de muertos y a un joven agricultor herido, atado de pies y manos a la rueda de una carreta para que se desangraba. Nuevamente en las afueras del pueblo, los asesinos descansaron de su macabra faena a orillas del río.
Con el amanecer la noticia de la espantosa matanza recorrió rápidamente toda la ciudad. Mientras algunos lloraban a sua familiares o amigos masacrados, muchos se prepararon para enfrentar la locura, sobre todo, los extranjeros, quienes se organizaron como cuerpo armado, tomando a su cargo la vigilancia en las calles y desplazando a la policía de la provincia, porque se sospechaba que algunos de sus integrantes habían participado en las matanzas.
Algunos de los asesinos fueron capturados cuando volvían a sus viviendas, pero muchos lograron huir luego del sangriento, incomprensible raid.
Cuando una patrulla policial al mando del comandante Ramón Gómez --también integrada por vecinos- se topó con los criminales, el uniformado los increpó:
-¿Porque andan asesinando?
-Andamos matando gringos y masones , porque nos quieren pisar, sacrificándonos y perjudicándonos, fue la respuesta.
Nadie atinaba a dar una explicación que permitiera entender los motivos de tan salvajes asesinatos. Durante el juicio fue posible precisar que habían intervenido en las matanzas unas cincuenta personas, paisanos que hasta las vísperas se reunían pacíficamente en las pulperías y a veces asistían a reuniones en el rancho de un conocido mano santa, al que llamaban Tata Dios. Muchos eran padres de familia y, en general, se trataba de gente sin antecedentes violentos que explicaran la orgía de sangre en la que habían participado, matando a diecisiete personas.
Cuando se realizó el proceso judicial a los acusados tampoco pudieron ofrecer explicaciones atinadas. La Justicia determinó que se estaba frente a asesinos contumaces e irrecuperables, trastornados por afecciones psicológicas que escapaban al entendimiento de los jueces.
El abogado defensor, por su parte, quien nunca llegó a hablar con sus defendidos, intentó explicar lo ocurrido de esta manera: "Los llamados asesinos de Tandil, en su funesto extravío, han creído consumar una obra meritoria... Este profundo pero inexplicable extravío de su raza inculta permitió a seres inofensivos hasta entonces, creer que harían obra grata a los ojos de Dios, derramando la sangre de los que designaban como sus enemigos".
Cuando debieron enfrentar el rechazo y la espantada condena de los habitantes de su propia ciudad, algunos de los asesinos adquirieron conciencia de la monstruosidad de los crímenes cometidos y se mostraron abrumados y arrepentidos.
"He cometido un crimen como para que me maten. Degüéllenme", pedía uno de los detenidos.
Pero otro de ellos, próximo a su ajusticiamiento, declaró:
"Yo, señor, lo único que pido es que me de su palabra de honor de que no ha de permitir a ningún italiano que toque mi cadáver, quiero ser enterrado por hijos del país y no quiero que ningún italiano me toque, ni aún el chiripá".
Conviene insistir en que, en todos los casos, se trataba de vecinos que hata el día anterior habían mostrado una vida normal y honesta, sin que nada pudiera hacer prever que en algún momento irían a protagonizar hechos semejantes.

El diario de la localidad publicó entonces estos comentarios sobre los asesinos:
"Cruz Gutiérrez, hombre de fisonomía franca... era según muchos un peón honrado y trabajador... Casado y padre de siete hijos, la mayor de catorce años y el menor de siete meses... con un tipo de fisonomía con todo el exterior de la bondad".

Sobre otro de los inculpados consignó el mismo periódico:
"Sin conocer sus crímenes, la impresión que se hubiese experimentado sería la de una profunda simpatía; pues lejos de parecer un asesino cruel y cobarde, tenía el aspecto de un mártir resignado a su suerte. En su frente, siempre levantada, había sin embargo, algo del valor indomable del gaucho porteño..."

 

Estos hechos ocurrieron luego de que la Argentina experimentara vertiginosos cambios que dejaron atrás las reglas de juego que habían regido las relaciones económicas y sociales. La desaparición de las viejas formas de trabajo afectó también a las redes sociales de contención, como las que exigía José Hernandez desde su periódico El Río de la Plata, cuando reclamaba el cese del reclutamiento forzoso, la organización laboral en las estancias o el voto directo para elegir a los Jueces de Paz.
El temor al extranjero era alentado muchas veces por los grupos sociales dominantes, quienes veían a los inmigrantes como gente necesaria para el comercio y la producción, pero a quienes no debía alentarse para que progresaran en la escala social. Probablemente estas prédicas, "ennoblecidas" por el alcohol, crearon las condiciones culturales propicias para la matanza de extranjeros.
El propio Hernández documenta este sentimiento xenófobo y racista en más de un pasaje de su obra maestra.

AQUI CITAS DEL MARTIN FIERRO DEL ITALIANO Y LA MUERTE DEL NEGRO.

Es que conviene tener en cuenta que en nuestro país, presentado no pocas veces en el pasado y hoy mismo como un "crisol de razas", la discriminación por motivos raciales o presuntamente raciales ha estado presente a lo largo de su historia, a pesar del impulso a la inmigración masiva, principalmente de españoles e italianos, dado a fines del siglo pasado y comienzos de éste por los gobiernos conservadores, con la consigna de poblar y producir.
Los inmigrantes, y sobre todos sus hijos, tuvieron que pelear para conseguir el derecho al voto y la posibilidad de ocupar cargos en los gobiernos locales y en el gobierno nacional. Se vieron obligados a disputarle el poder político a la oligarquía tradicional. Lucharon contra la discriminación, y la figura emblemática de esas luchas por la democracia política es la de Hipólito Irigoyen. No obstante, como veremos en este mismo capítulo, el fenómeno aún no está por completo erradicado.

Un presidente discriminado
La repetición permanente de actitudes como la discriminación, la xenofobia y el racismo es uno de los dramas de nuestro tiempo, acciones que dividen a los hombres y a los pueblos y que, en definitiva, empobrecen la vida humana. La historia de nuestro país y el simple análisis de la realidad actual a través de las noticias cotidianas nos habla del resurgimiento incesante, en el mundo, incluido el nuestro, de los fenómenos que nos proponemos analizar.
En las primeras décadas del siglo, a la par de ese ascenso político de las clases medias nacionales, que ejemplificamos con la figura del presidente Irigoyen, se verificaba el rechazo a las reivindicaciones de trabajadores industriales, generalmente de origen centroeuropeo y de ideología anarquista y socialista.
La expresión jurídica de ese rechazo es la llamada "Ley de Residencia", una legislación que autorizaba al Poder Ejecutivo a deportar a los extranjeros que luchaban por humanizar la legislación social. La tristemente célebre prisión de Tierra del Fuego -donde se confinaba a sindicalistas y militantes anarquistas y socialistas-- tenía también el objetivo de "separar " del resto de la sociedad a los miembros que los "bien pensantes" de entonces consideraban nocivos o peligrosos.
Su carácter de "extranjeros" y de amenaza para el "ser nacional" llevó a las sangrientas represiones de la llamada Semana Trágica y a los fusilamientos de la Patagonia, represión orientada en lo político y lo ideológico por grupos de la auto proclamada "gente decente", que constituirían en definitiva el "fascismo criollo".
Otra manifestación extrema de esta actitud de discriminación generalizada por parte de las conducciones políticas y económicas del país se vivió hacia la mitad de este siglo, cuando el dirigente radical Ernesto Sanmartino acuñó la calificación de "aluvión zoológico", para designar el ingreso masivo en Buenos aires de argentinos procedentes del interior, que se convirtieron en obreros industriales en la década del cuarenta y que fueron el basamento del movimiento político creado por el General Perón. Son los llamados "cabecitas negras" , mestizos de español e indio, aún hoy considerados en muchos casos como ciudadanos de segunda categoría, en un conglomerado social ensanchado permanentemente por la presencia de inmigrantes que vienen de los países limítrofes, bolivianos, paraguayos y chilenos, en la mayoría de los casos.
Todas esta manifestaciones siguen teniendo en la actualidad una lamentable vigencia. Al respecto, resulta ilustrativo rescatar la confesión del periodista Bernardo Neustad -que tiene un costado que hoy podría parecer risueño si no desnudara un sistema de falsos valores que permanece vivo en algunos sectores y grupos sociales argentinos- acerca de la visión que él tenía sobre Carlos Menem cuando éste era candidato a Presidente.
"Tuve muchos prejuicios" recuerda Neustad. "A la gente que no lo había votado le produjo asombro, como a mí, un señor con patillas, negrito, turco y con zapatos blancos. No le creía. Cuando vino a mi programa antes de las elecciones, lo agredía en los intervalos. Creo que fue la vez que más perdí la consideración".
Interrogado acerca de si su actitud fue de prejuicio o discriminación, el comunicador dijo: "Un poco de todo. Cuando lo vi entrar, creí que otra vez se me iba el país de las manos, que íbamos a pasar otros cuarenta años de estatismo, de país cerrado. Con él perdí mi condición de periodista equilibrado. Vuelvo a ver el programa y me da vergüenza..."
Neustad reconoce que luego Menem hizo muchas cosas buenas y modernizó a la Argentina. "Pero yo lo alerté", aclara: "Cuidado con los que ahora lo ven alto, rubio y de ojos azules". Con una reacción simétrica contra su prejuicio inicial, el periodista da a entender que mucha gente, entre las cuales ya no se incluye, sólo puede aceptar como dirigente del país a un político que sea alto, rubio y de ojos azules, a imagen y semejanza de los presidentes estadounidenses de las últimas películas de Hollywood!!

"Racismo y Discriminacion en Argentina"

Editorial Catálogos Buenos Aires 2000

Editorial del Congreso NAcional de México 2001

 

Untitled Document
sosdiscriminacion@gmail.com I Buenos Aires I Argentina I SOS Discriminación 2007 I Diseño Styledesign