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 Bibliografía - Libro Racismo y Discriminación en la Argentina

Racismo y Discriminación en la Argentina - INICIO

Etnocentrístas, descentrados y disparatados

"El etnocentrismo consiste en el hecho de elevar independientemente a la categoría de universales los valores de la sociedad a la que yo pertenezco. El etnocentrista es , por así decirlo, la caricatura natural del universalista "

Tzvetan Todorv

La simple experiencia de verificar cómo se asumen grupalmente una serie de prejuicios y estereotipos sobre "los otros" sirve para identificar el fenómeno llamado etnocentrismo, que consiste en percibir al propio grupo como la referencia básica en relación a la cual se evalúan a las demás sociedades. En condiciones de frustración generalizada o ante un clima de gran inseguridad social, estas tendencias pueden llevar a la aparición de actitudes racistas. Los animales tienen una conducta relacionada con su sobrevivencia en el propio medio o entorno, al que se encuentra adaptado. El hombre, en cambio no posee en realidad un medio natural: lo va elaborando y construyendo permanentemente, en relación con las circunstancias que lo rodean, pero sin verse condicionado solamente por ellas. Como vemos, los hombres deben emigrar para sobrevivir y asegurar sus condiciones de existencia. Construye entonces las circunstancias de su vida y va estructurando su cultura, una suerte de segunda naturaleza adquirida que, en definitiva, establecerá un ámbito de actuación exclusivo, comparable a lo que significa el ambiente para el resto de los animales. Cuando las condiciones de existencia se hacen muy problemáticas, el ser humano emprende el viaje que lo ha llevado a ocupar todos los continentes. Se aleja física y mentalmente de su lugar de nacimiento y se enfrenta con otros hombres y otras culturas. En ese momento está expuesto a ser víctima de la intolerancia o discriminación en el nuevo sitio al que llegó o, cuando protagoniza emigraciones masivas, puede ser tentado a desalojar o a dominar a los nativos del lugar. La historia del hombre es en gran parte la historia de sus migraciones y, en general, es posible afirmar que en el contacto intolerante con los otros, tiene su origen y desarrollo la llamada cultura bélica. De todo lo expuesto se desprende que puede haber un camino en sentido inverso, sustentado básicamente en la capacidad del hombre de transformarse a sí mismo. Es el camino de la tolerancia, de la negociación con los otros y de su inclusión en el universo propio: un tema fundamental sobre el que volveremos. El artículo fundamental de la Declaración Universal de Derechos Humanos dice:

"Todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos ".

El artículo primero de la Declaración sobre la raza y los prejuicios raciales de la UNESCO en 1978 se consigna:

"Todos los seres humanos pertenecen a la misma especie y tienen el mismo origen. Nacen iguales en dignidad y derechos, y todos forman parte integrante de la humanidad" (...) "Es incompatible con las exigencias de un orden internacional justo y que garantice el respeto de los derechos humanos, toda distinción, exclusión, restricción o preferencia basada en la raza, el color, el origen étnico o nacional, o la intolerancia religiosa motivada por consideraciones racistas".

Estos conceptos pueden ser complementados con los de Federico Mayor Zaragoza Director General de la UNESCO (1996):

"La diversidad enriquece la vida humana y es motor del progreso moral. El aislamiento y la endogamia llevan al ocaso y la decadencia. Y lo que es cierto para los organismos individuales, lo es aún más para las culturas. Los pueblos que no han sido capaces de interactuar, de transmitir y aceptar influencias enriquecedoras, han declinado ineluctablemente. La exclusión y discriminación -lo mismo dentro de una sociedad que entre naciones- conduce a la incomprensión y a la violencia".

El antropólogo francés Lévi-Strauss señala en "La mirada distinta" que la xenofobia tiene ciertas virtudes positivas para la cohesión del grupo y que no hay nada censurable en sostener que una manera de vivir y pensar está por encima de las demás: sostiene que el etnocentrismo es natural e incluso deseable, y niega que pueda dar lugar al racismo . Si bien atendible, la teoría de Lévi-Strauss es peligrosa, en tanto el etnocentrismo es una condición previa necesaria de la xenofobia y ésta se sintetiza en el rechazo al extranjero, el odio al de afuera. Nada hay de malo en que los grupos destaquen virtudes propias como forma de consolidar su cohesión: pero nada bueno saldrá de allí si esa cohesión se fundamenta en el odio o el desprecio hacia los otros. Nada bueno puede esperarse de creer que las costumbres propias son las únicas naturales y lógicas y considerar las costumbres ajenas como irracionales y hasta salvajes. En un país en formación, como la Argentina del siglo pasado, estos comportamientos se aplicaron entre compatriotas: era la época de vigencia de la consigna "civilización o barbarie" de Domingo Faustino Sarmiento frente a la de "religión o muerte" de Facundo Quiroga. Este último lema muestra por sí sola la intolerancia de una época donde el derrotado rara vez salvaba su vida, pero apuntemos también la crítica hacia la "civilización" imperante que se impuso a los caudillos federales del interior. A este respecto es ilustrativa la expresión de Sarmiento, cuando recomienda a Mitre:

"no ahorre sangre de gauchos, es lo único que tienen de humano ".

En realidad estaba refiriéndose a adversarios políticos, con una idea distinta de cómo debía de organizarse la Nación, pero la descalificación iba mucho más allá de lo político, probablemente porque la elite argentina de esos tiempos, la gente "bien pensante" del Puerto de Buenos Aires, estaba influida por culturas e intereses externos y quería diseñar un país a su imagen y semejanza: o, mejor dicho, a semejanza de esos otros países, considerados más cultos y avanzados, con el trasfondo de intereses económicos compartidos. En su libro Las multitudes argentinas, el médico y sociólogo José M. Ramos Mejía escribió:

"Individuos aislados pululan abundantemente en los pueblecitos miserables de indios y mestizos; en el alto y bajo Perú y en la Argentina. La Inquisición de Lima los persigue tenazmente con el fuego y el tormento. Pero ellos le resisten con su audacia de ignorantes, su analgesia de primitivos, y, como si los animara la confusa visión de un porvenir remoto mucho mejor, continúan su extraña contumacia ".

Hay que decir que los morenos tan denostados pusieron lo suyo para hacer realidad ese porvenir que vislumbraban, en un conflicto que aún no ha terminado.

Con la atención puesta luego en la cuestión racial, Ramos Mejía estudió el cambio en los rasgos físicos de los inmigrantes rurales y llegó a conclusiones que seguramente no le habrían valido un premio científico:

"La primera generación es, a menudo, deforme y poco bella hasta cierta edad; parece el producto de un molde grosero, los primeros vaciamientos de la fundición de un metal noble, pero todavía lleno de engrosamientos y aristas que el pulimento posterior va a corregir. Hay un tanto por ciento de narices chatas, orejas grandes y labios gruesos: su morfología no ha sido modificada aún por el cincel de la cultura. En la segunda, ya se ven las correcciones que empieza a imprimir la vida civilizada y más culta que la que traía el labriego inmigrante".

En fin, quizás el aire de la Capital, pensaba el autor, además de proporcionarles una educación sarmientina, lograra que se les agrandaran las narices, se les achicaran las orejas y se les afinaran los labios. En cierto sentido, Ramos Mejía era optimista... En su Facundo, Sarmiento afirma:

"Las razas americanas viven en la ociosidad, y se muestran incapaces, aún por medio de la compulsión, para dedicarse a un trabajo duro y seguido. Esto sugirió la idea de introducir negros en América, que tan fatales resultados ha producido. Pero no se ha mostrado mejor la raza española cuando se ha visto en los desiertos americanos abandonada a sus propios instintos".

En la actualidad, muchas personas suelen afirmar que los argentinos no somos racistas: "aquí no hay negros", dicen, suponiendo que por lo tanto, no habría peligro de actitudes racistas. Pero, en realidad, ese prejuicio opera de la misma manera contra los morenos, mestizos de indios y españoles y descendientes mestizados de los negros que dieron su vida en la primera línea de fuego de las guerras de la Independencia y, luego, en las guerras civiles. En los discursos de sectores progresistas no existen negros, pero en la vida real los morenos están a la vista y son discriminados con absoluta naturalidad . Recordemos simplemente un comentario habitual: "negro tenía que ser". Con semejantes criterios, siempre vigentes, no puede extrañar a nadie que la "civilización" haya invadido el interior del país, en el siglo pasado, con la Remington en la mano. Aquella consigna de "civilización o barbarie" volverá en forma recurrente a través de nuestra historia enarbolada por los extremos de la ideología. Como no podía ser de otra manera, también la educación quedó impregnada de esta visión intolerante de la realidad. Los sectores "civilizados" que ejercieron el poder establecieron, con la guía de Sarmiento, los contenidos de la educación elemental en el país. No puede asombrarnos, que un siglo después persistan con tanta virulencia los prejuicios contra el criollo, que se siente extranjero en la capital de su propio país. Esta escuela, con la consigna de "nacionalizar" a los inmigrantes y sus hijos, difundió en las aulas una mixtura de patriotismo hueco, habitado por deshumanizados héroes de bronce, y la persistencia de actitudes descalificadoras hacia los hombres de tez morena, hacia los "diferentes" y, en general, hacia todos aquellos no impregnados por la cultura importada de las metrópolis. Nadie parece haber pensado en proporcionar a los alumnos una visión global sobre los hechos y los grandes hombres del pasado. Por el contrario, se fue conformando una visión muy parcializada de la historia y de los próceres, esquematizándolos en definiciones que todavía hoy perduran. El resultado de esa interesada manipulación es un panteón de próceres inmovilizados en el bronce: así tenemos a un Manuel Belgrano, el creador de la bandera, como una especie de inspirado que un día miró hacia arriba y descubrió los colores azul y blanco, para no hacer después nada digno de mención ; a un Mariano Moreno, simplificado en su rol de primer periodista; a un Cornelio Saavedra, como un simple militar conservador, y a un José de San Martín, como un militar invencible, un especie de superhombre de su tiempo. No se profundiza en el Belgrano pensador de la Revolución y doctor convertido en general; en el Moreno ideólogo de una expansión de los hechos de Mayo a toda Latinoamérica; en el Saavedra formador de un ejército de ciudadanos, y en el propio San Martín, estratega de la unidad de la Patria Grande latinoamericana. Fue la misma realidad quien debió encargarse de suplir estas carencias de una educación pobre de ideas y de mezquinos objetivos. Como muchos historiadores han señalado, una de las fraguas de la dificultosa integración nacional se dio, ya en este siglo, en los conventillos de la gran ciudad, donde españoles, italianos, turcos, polacos, árabes, judíos, musulmanes o luteranos tuvieron que convivir con los criollos, hacer negocios, aprender y fundar sus familias sin el amparo de la cultura oficial. En los tiempos de formación del país se ejerció desde las elites gobernantes una suerte de eurocentrismo ligado a las ideas de raza y de cultura que se tomaron prestadas de las naciones dominantes de la época: se vieron a sí mismos como forjadores de un país hecho a la medida de las naciones que admiraban... El desenlace de las guerras civiles impuso las tesis sarmientinas y un etnocentrismo descentrado. Es decir que el centro no estaba en nosotros mismos, sino afuera. La admiración a lo externo y el desprecio a lo natural o autóctono, generó una sociedad contradictoria y original cuyo producto es el que tenemos a la vista. El pensador Arturo Jauretche definía a la intelectualidad oficial como el cipayismo ilustrado . Para Jorge Luis Borges:

"la lengua española es demasiado pobre. Por ejemplo para decir "sommeil" y "rêve": el vocablo sueño. ¡Que pobreza y además fea".

Borges recuerda con su penetrante ironía un diálogo con Pablo Nerúda, quién le dijo:

-No creo que pueda escribir en castellano-. A lo que Borges respondió: -Por eso no hemos escrito nada. Pero tengo que aceptar el castellano, es mi destino- ".

Tal vez en este gran poeta argentino encontremos el mejor exponente de la cultura etnocéntrica-eurocentrada. Para despejar dudas, Borges aclara:

"Quizás sin saberlo siempre he sido un poco británico, en realidad siempre pienso en Waterloo como una victoria "

Quizás en esta equívoca postura de la cultura dominante haya que buscar una de las causas principales de la interminable sucesión de desencuentros vividos por los argentinos, con momentos de verdadera esquizofrenia nacional, que hizo creer a muchos que existía una distancia insalvable entre el "país formal" y el "país real". El rostro blanco y europeo convive con el moreno aindiado, donde las contradicciones sociales se entremezclan con las étnicas, en una frontera no siempre estática.

 

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