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 Bibliografía - Libro Racismo y Discriminación en la Argentina

Racismo y Discriminación en la Argentina - INICIO

Colectividades discriminadas

"Plan de Acción de Gobierno: incremento y mejoramiento del potencial humano argentino, facilitando el desarrollo de una inmigración selectiva, desde los países que han conformado la realidad actual de nuestra población, por su raza y creencias".

General Juan Carlos Onganía Presidente de la Nación.

Hacia 1850, las márgenes del Plata presentaban un panorama étnico y de costumbres único en Latinoamérica: a los habitantes más antiguos, descendientes de los españoles que conquistaron y se asentaron en el lugar desde el Siglo XVI, se suman otros europeos y luego los africanos juntamente con los aborígenes de los pueblos originarios. No era infrecuente, además, una interrelación social y familiar entre los componentes de las diferentes etnias. Cuando se cumple un centenario de la independencia, el paisaje ya había variado: Buenos Aires, se convierte aceleradamente en un centro industrial y comercial de primer orden en el continente y, en la práctica, es la única ciudad de América que puede mirarse en el espejo de las europeas sin desmedro de su realidad edilicia y su desenvolvimiento cultural. Respecto de la diversidad humana de Buenos Aires, ésta no sólo no ha disminuido: ha aumentado con nuevas corrientes migratorias. Para hacer frente a esta realidad, el 25 de enero de 1906 se inició la construcción del nuevo edifico para el Hotel de Inmigrantes, en el predio de los arsenales de la Marina de Guerra. Era necesario atender la llegada masiva de personas provenientes de Europa. En enero de 1913 se informaba que, durante el año anterior, habían ingresado al país nada menos que 322 mil almas . Estas cifras son las más altas registradas en América Latina durante los siglos XIX y XX. Sólo Estados Unidos, en América del Norte, recibe una inmigración parecida. Las comunidades extranjeras más importantes por el número de sus miembros serán desde entonces la española -un flujo que no cesará sino hasta entrada la segunda mitad del Siglo XX- y la italiana. Pero las dos que le siguen son semitas. Una, con raíces árabes, proveniente en su mayor parte de las provincias occidentales del Imperio Otomano en descomposición, del Líbano, Palestina y Siria, y otra de origen judío, que proviene del centro de Europa y de las comunidades sefardies, descendientes de aquellas familias expulsadas de España en la época del descubrimiento de América. De todas maneras, hubo inmigrantes de todos los orígenes, en particular europeos. Entre estos predominaron -luego de italianos, españoles- alemanes, suizos, ingleses y franceses, también llegaron importantes contingentes de Europa Central, en particular polacos, húngaros, checoslovacos y yugoslavos. No le resultó sencillo a esta variada población adaptarse a la nueva tierra y hacerse aceptar por los inmigrantes que habían llegado antes o por los nativos que descendían de inmigrantes llegados algunas generaciones atrás. La tentación discriminatoria estuvo siempre a la orden del día y en cada recién llegado se percibía a un peligroso competidor por los sitios y las riquezas imaginarias que se querían para sí. Ese extraordinario lector de los sentimiento populares argentinos que fue José Hernández registró reiteradamente estos arrestos discriminatorios y xenófobos de los criollos en su obra maestra.

Quedó allí aliviao de peso Sollozando sin consuelo; Había caído en el anzuelo, Tal vez porque era domingo, Y esa calidá de gringo no tiene santo en el cielo.

Era un gringo tan bozal, Que nada se le entendía, ¿Quién sabe de ande sería! Tal vez no juera cristiano, Pues lo único que decía Es que era pa-po-litano (...) Cuando me vido acercar: "¿Quien vívore...?" preguntó; "¿Qué vívoras?, dije yo. "¡Ha garto!, me pegó el grito, Y yo dije despacito: "¡Más lagarto será vos!"

Desde entonces, los italianos serán "tanos", una peyorativa denominación con casi seguras raíces en la condición de napolitanos de gran parte de los italianos llegados durante la segunda mitad del Siglo XIX. Durante décadas, sus dificultades de lenguaje, su ignorancia de todo lo que tenía que ver con la nueva tierra, sus limitaciones culturales -al fin y al cabo, se trataba de campesinos y trabajadores urbanos de baja condición social y con escasa educación, muchos de ellos analfabetos-- los harán blanco de burlas de inocultable contenido discriminatorio. Este fenómeno tuvo tanta amplitud que quedó registrado en la producción literaria, el sainete y la música popular, particularmente el tango. Aunque la inmigración española se inició en el momento mismo de la conquista y prácticamente no cesó a lo largo de cinco siglos, los inmigrantes de ese origen también debieron padecer situaciones discriminatorias. Nos referimos a ese estereotipo que atribuye condición de bruto e ignorante a los españoles, todos los cuales, además, caen a partir del siglo pasado bajo la denominación de "gallegos". Es cierto que casi todos los países tienen "su" gallego, es decir, el extranjero depositario del desprecio y el prejuicio general. Sucede con los polacos en los Estados Unidos y los belgas en Francia. Pero aquí se agrega el efecto de la ya mencionada "leyenda negra" contra España acuñada por los británicos. En el interior argentino, los inmigrantes centroeuropeos llegados durante la Segunda Guerra y en el período inmediatamente posterior eran llamados "gringos" para diferenciarlos no sólo de los nativos sino también de las corrientes migratorias mayoritarias. Las "tías del campo" de la década del 40 acostumbraban aconsejar a sus familiares, que en verano llegaban de la ciudad para pasar un tiempo en contacto con la naturaleza, de qué manera debía tratarse a la gente con la cual se cruzaban en el camino: "Salude, que son criollos" o "mire para otro lado, que son gringos", solían ser las sugerencias.

La cuestión judía A las penurias económicas en sus países de origen que alimentan la mayor parte de las corrientes migratorias, se suman en el caso de los inmigrantes judíos las persecuciones y progroms de principios de siglo en Europa. La constitución, a fines de los 30, del Tercer Reich en territorios alemán, austríaco y checo, junto con el inicio de la segregación, expulsión y confinamieno -en definitiva, el Holocausto- impulsan otro proceso migratorio que recala, parcialmente, en el país. De hecho, cuando se funda el Estado de Israel, en la Argentina vivía la segunda comunidad judía del mundo, en cuanto a número de integrantes: la primera residía en los Estados Unidos. La demencia racista y homicida del nazismo, condujo a la humanidad a su hora más oscura y costó la vida a 6 millones de judíos, masacrados sin piedad en el genocidio más grande de la historia. En parte de la sociedad subyacen semillas aletargadas de antisemitismo y a veces se manifiestan en la reaparición de grupos neonazis y en actitudes xenófobas y racistas. Suelen reaparecer episodios execrables como las profanaciones de tumbas en los cementerios judíos, o agresiones como la de los skinheads al joven Claudio Salgueiro o los horrendos atentados que se perpetraron en Buenos Aires: la voladura de la Embajada de Israel y la AMIA. No hay explicación posible para comprender semejante barbarie. Cuando en 1492 llegó Cristobal Colón a América, eran los tiempos de la expulsión de los judíos de España. El camino hacia el Nuevo Mundo fue emprendido por muchos de ellos, a pesar que también se les tenía vedado. Y hasta hoy 500 años después, con altibajos, no ha cesado el flujo migratorio. Durante el Medioevo la justificación del antisemitismo fue de carácter religioso. Ruth Benedict dejó sentado que en este período las persecuciones no tenían carácter racial o étnico, sino que su fundamento era puramente religioso. No obstante, con el correr del tiempo el concepto erróneo de "raza" reemplazó al de religión, y los judíos comenzaron a ser segregados y discriminados por cuestiónes presuntamente raciales: se los atacaba no por lo que hubieran hecho, sino por lo que se suponía que hicieron sus ancestros: responsables, de la muerte de Jesús, esta línea de pensamiento varió a lo largo del Siglo XIX para hacerlos responsables en bloque de los horrores de la explotación capitalista, sin considerar que -en Gran Bretaña o Estados Unidos, por ejemplo, la mayor parte de los judíos eran trabajadores fabriles, tan pobres y explotados como sus perseguidores . El antisemitismo fue una herramienta para ocultar determinadas lacras del propio sistema. Nuevamente vemos el racismo como una mascarada. De estos prejuicios también se nutre el antisemitismo en la Argentina. Y también de ese atávico temor que despierta lo desconocido, sean lugares, acontecimientos o personas. El movimiento sionista, de carácter mutualista, de defensa y solidario, pero también con firmes connotaciones políticas, al propiciar el regreso judío a la Tierra Santa despierta suspicacia y contribuye a visualizar a la comunidad como extranjera, y ya conocemos el estereotipo del extranjero: "del que se debe desconfiar ". Las acciones y la prédica antisemita no son una constante de la vida cotidiana de los argentinos. No hay aquí un partido como el Frente Nacional, de Francia, que atraiga al más del 20 por ciento del electorado y que acceda a gobiernos comunales y hasta regionales. Aunque los inmigrantes de origen árabe padecieron en el pasado idénticas situaciones de discriminación, sólo en los últimos años se ha verificado una exacerbación de este sentimiento en algunos sectores de la sociedad argentina. Con ese estilo peyorativo y simplificador que caracteriza la relación de los argentinos nativos con los inmigrantes, así como a los españoles se les llamó genéricamente "gallegos", a los italianos "tanos" y "rusos" a los judíos, los llegados de Siria, Líbano y otros lugares vecinos fueron denominados "turcos". La explicación que los historiadores dan a este distorsión es que los inmigrantes de ese origen llegaban con pasaportes otorgados por el Imperio Otomano en decadencia. -"¿Qué es ser judío? -se pregunta Jack Fuchs, sobreviviente de los campos de concentración de Auschwitz y Dachau- Pertenecer a un mismo credo. Pero... hay muchisimos judíos ateos. No, es tampoco una comunidad de intereses políticos. Cuando vivía en Polonia había 20 partidos políticos judíos. Tampoco es ser sionistas. Hay judíos que no comparten nada con el Estado de Israel. Tampoco hay una único patrón cultural, hay innumerables ramas culturales... En realidad ser judío es una desgracia" . Con cruel ironía, Fuchs sintetiza el dolor judío. Arabes: católicos y musulmanes La investigadora Gladys Jozami señala que el grueso de la inmigración árabe se instala en el país entre finales del Siglo XIX y la segunda década del siglo siguiente. "Después -señala-hay una inmigración constante con algunos picos que ascienden y descienden, pero el grueso prácticamente se instaló desde 1897 hasta 1916 ". Los mayores referentes de la inmigración árabe no son, como podría pensarse de religión musulmana, sino cristianos de algunas vertientes del catolicismo oriental, como la Iglesia Copta: cálculos estimativos permiten inferir que sólo un 30 por ciento de los inmigrantes árabes son musulmanes. Hacia mediados del Siglo XX la corriente migratoria prácticamente ha cesado de llegar a Argentina. La inmensa mayoría se inserta en de nuestro país, integrándose sin mayores dificultades. Sólo una pequeña parte de esa masa preservó su religión islámica, constituyéndose, de todas formas, en una minoría dentro de su grupo cultural. La mayor parte de los inmigrantes de origen árabe han llegado de Siria y El Líbano. Respecto de sus creencias religiosas, ha quedado dicho que casi en sus tres cuartas partes no profesan el islamismo. Los árabes musulmanes son mayoritariamente sunnitas, corriente que también es preponderante en sus países de origen. La comunidad chiíta, con fuertes lazos religiosos con Irán, país no árabe donde la vertiente es mayoritaria conforma una pequeña y pacífica minoría en Argentina. La comunidad árabe se asentó preferentemente en algunos barrios de la ciudad de Buenos Aires -como San Cristóbal y Villa Crespo, donde conviven con la colectividad judía- y en el norte del interior del país. Las provincias del Noroeste han visto prosperar a los descendientes de los viejos vendedores ambulantes, que iban de pueblo en pueblo con sus carromatos o sus valijas cargadas de mercaderías, que abandonaron sus costumbres nómades y que terminaron formando familias e instalándose de manera permanente. Durante décadas, el matiz discriminatorio no pasó de la peyorativa denominación de "turco" señalada y en atribuir a los miembros de esa colectividad ciertas mezquindades en el terreno comercial que compartían con los judíos. Pero, desde la elección de Carlos Menem a la Presidencia de la Nación -cuya ascendencia siria no es un secreto-, el sentimiento antiárabe ha adquirido mayor virulencia en algunos intelectuales de la oposición. El periodista Orlando Barone, en una nota publicada en el diario La Nación, asume la posición, sin ninguna duda discriminatoria, de estos intelectuales, afirmando:

"En la Argentina, la proporción de personas de origen árabe que la habitan -un 1 por ciento- adquirió un número aviesamente desproporcionado de escándalos: Al Kassar, Pharaon, Saadi, Rodríguez Saa, Seineldín, Falak, Ibrahim, Yoma, Yabran, etcétera. También es desproporcionado el nivel de abundancia que tienen en puestos de la mayor importancia en los tres poderes del Estado" .

Pocas veces se percibe con tanta nitidez un caso de discriminación hacia toda una colectividad o, diría más, hacia toda una cultura. La actitud del periodista, por la forma en que fundamente sus apreciaciones, es propia de un discriminador consciente, que está a un paso del racismo. Por otra parte, resulta muy peligroso que desde un medio de comunicación se incentiven conductas tan prejuiciosas. Agravios de esta naturaleza, que pretenden manchar a toda una comunidad, están animados de algo más que de la intención de servir en una lucha política. Su propósito es innegablemente discriminatorio. Y no deja de tener, su costado ridículo. El periodista cree necesario establecer cupos por origen migratorio. De ser así, los funcionarios de los tres poderes de la Nación se tendrían que repartir, por ejemplo, con un 27 por ciento para los descendientes de Italia; 33 por ciento a los provenientes de España; 18 por ciento a los aborígenes; 8 por ciento bolivianos y un 0,5 por ciento a los nietos de polacos y así hasta completar todas las colectividades. Pero lo más grave es que posiciones como éstas desconocen los mecanismos unificadores de la democracia. Olvidan que la población de nuestro país está integrada por las más variadas y enriquecedoras corrientes migratorias. Y que cada una de ellas ha traído sus tradiciones y cultura y que, entre todos, formamos algo formidable, novedoso y auténtico. Estamos llegando al final de un milenio que se caracterizó por su grandeza y sus miserias: porque si en su transcurso el hombre dio enormes saltos hacia un futuro más prometedor, también se sumió en las horas más oscuras de su historia. Un fantasma común estuvo detrás de la mayor parte de las desdichas: la intolerancia. Deberíamos aprender de las lecciones del pasado. Despertar en la población la animadversión hacia determinadas comunidades, es ejercer peligrosamente la libertad. Nadie tiene el derecho de invocar los oscuros sentimientos de violencia que suelen anidar en el corazón de los hombres. Es verdaderamente canallesco asociar, como lo hacen las series televisivas y algunos irresponsables medios de prensa, al terrorismo con el islamismo. Si todos los que profesan la religión islámica fueran terroristas no habría piedra sobre piedra en el mundo. Hoy visualizamos a la colectividad árabe, ofendida con quienes la vinculan con la violencia, cuando se trata de una de las colectividades mas pacíficas y laboriosas que hay sobre la tierra.

"Racismo y Discriminacion en Argentina"

Editorial Catálogos Buenos Aires 2000

Editorial del Congreso Nacional de México 2001

 

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