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 Bibliografía - Libro Racismo y Discriminación en la Argentina

Racismo y Discriminación en la Argentina - INICIO

El Capitalismo, fuente de discriminación

En el terreno internacional subsiste la situación de discriminación del Norte industrial e hiper desarrollado respecto del Sur del subdesarrollo, proceso acentuado a partir del derrumbe del llamado mundo comunista. Puede decirse sin lugar a error de interpretación, que el capitalismo discrimina al que no tiene capital. Quien no dispone de recursos económicos no está invitado al banquete. Los pobres son excluidos, sean éstos países o seres humanos. Como consecuencia de este desnivel, los países denominados centrales enfrentan un nuevo fantasma, el de la inmigración de millares de personas de sus antiguas colonias, de refugiados políticos o económicos provenientes de todos los continentes y, en general, de personas que buscan un mejor horizonte. En palabras del presidente del Instituto Europeo de Defensores del Pueblo:

"El Sur está devolviendo la visita al Norte. Nuestros ascendientes bajaron al Sur para quitarse el hambre y ahora los ciudadanos del Sur quieren eliminar el suyo devolviendo la visita ".

Plantear la existencia de lo que podemos denominar discriminación económica nos lleva a hacer una interpretación de la verdadera dimensión del problema de la pobreza. Se trata de una discriminación que no se basa en la existencia de una característica cultural específica. En este sentido, podemos hablar de una cierta semejanza con el problema del género, ya que el grupo que es víctima de una exclusión o marginación social no la sufre por pertenecer a un grupo con una entidad o factor nucleador, como pueden ser su religión, su raza o su ideología. El punto central de esta forma de discriminación radica en que, ya se trate de judíos o cristianos, blancos o negros, mujeres u hombres, es la situación económica el factor determinante de la exclusión: las personas se ven relegadas por la imposibilidad de tener el acceso a una real igualdad de oportunidades. Sin educación ni alimentación adecuada, sin vivienda estable ni servicio de salud digno, los sectores más populares o marginales carecen de los canales necesarios para una inserción laboral y cultural dentro de la sociedad. El problema de la pobreza tiene su origen en varios factores, como la falta de oportunidades equitativas para acceder al trabajo, la educación y la salud. El rol del Estado es fundamental e indelegable para garantizar el logro de los objetivos básicos de la sociedad. En definitiva, se trata de la distribución del ingreso y de la necesidad de poner en marcha un tipo de desarrollo integrador. Todo esto exige una visión abarcadora que facilite y potencie la creación y el desarrollo de una administración social responsable, en la cual confluyan el diseño y la puesta en práctica de políticas económicas y sociales interrelacionadas, que contemplen al mismo tiempo el crecimiento económico y el desarrollo humano. Luego de la segunda posguerra, hubo un repunte económico que, por una parte, trajo aparejado el mejoramiento relativo del promedio de la calidad de vida de la población en el plano mundial y, por la otra, mayores expectativas del consumo esencial y suntuario. Al finalizar la década de los setenta el mundo -fundamentalmente las economías capitalistas y de los países subdesarrollados- enfrentó una fractura estructural del sistema económico. Los shocks petroleros del 70 y del 73, la declaración de inconvertibilidad del dólar por parte de la Reserva Monetaria de los Estados Unidos, no sólo son hitos -por mencionar algunos que lo demuestran- de ese proceso, sino que también marcan el punto final de una etapa, que ahora la crisis asiática parece haber clausurado en forma definitiva. El quiebre reveló los desequilibrios intrínsecos y propios de este tipo de crecimiento, así como el hecho de que la desigual distribución del producto entre los grupos sociales contribuyó a incrementar aún más las brechas existentes. Durante la denominada "década perdida", la mayoría de los países de América Latina -por ende, también nuestro país- sufrieron una importante contracción económica, que aumentó la inequidad en la distribución de los ingresos, que se concentraron en los sectores más ricos del conjunto social. En efecto, la solución de la crisis -que exigió la adopción de drásticas medidas, con la aparición de una serie de programas de ajuste y estabilización-descargó un nuevo golpe sobre el ingreso de los sectores populares. Estos programas apuntaban, por un lado, al saneamiento fiscal, mediante la disminución del gasto público, la concentración de la demanda y la reducción de los salarios reales; por el otro, se ejerció un fuerte control sobre la tasa de cambio y sobre los precios. Pero, por lo general, no contemplaban la posibilidad de adoptar medidas que tendieran a compensar los efectos sociales que la implementación del ajuste originó, especialmente sobre los sectores más desprotegidos. Durante la década de los noventa América Latina presenta un nítido deterioro en las condiciones de vida de la población. El Banco Mundial registró un importante aumento del número de personas que se encuentran por debajo de la línea de pobreza que en 1980 era del 27 por ciento de la población, en 1989 aumentó al 32 por ciento. El periodista Orlando Barone señala:

"Es la irrupción malquerida de un sistema económico que concibió la globalización del mercado, pero no la del reparto" .

En los últimos años se advierten signos de reactivación y de crecimiento económico y nuestro país es un claro ejemplo de ello. Esta recuperación encuentra su origen en lo que se denomina el "consenso de Washington", que consiste en una serie de principios de economía política aceptadas, reconocidas y aplicadas por las elites económicas y políticas gobernantes. Entre otras cosas, se promovieron reformas macroeconómicas en cuanto a la disciplina fiscal, el gasto público, la liberalización financiera, la apertura de la economía y su inserción en el comercio internacional, con medidas tales como reducción de aranceles, eliminación de subsidios, etcétera, así como medidas de impulso del sector privado por medio de privatizaciones, desregulación y atracción de capitales foráneos. Sin duda, la puesta en práctica de estos principios logró el saneamiento económico y la eliminación de aquellos factores que retrasaban el desarrollo, ya fueran burocráticos o de antiguas distorsiones en la producción y el consumo. No obstante ello, queda pendiente una tarea fundamental, como es la formulación de una "reforma social" que contemple las necesidades de los sectores desprotegidos, especialmente los más débiles, como las mujeres y los niños. Nadie duda de que la implementación de estas políticas reformistas fue una condición necesaria para que nuestras economías pudieran adquirir dinamismo, esta vez en base a un crecimiento real. Pero el desarrollo de un pueblo no sólo se sustenta en la restauración de los mecanismos del libre mercado, sino en la integración de esas medidas con un enfoque que conjugue la eficiencia con la equidad. Los efectos positivos no sólo deben ser medidos por el alto nivel de crecimiento, la incorporación de tecnología o los índices de empleo productivo, sino también en base a los niveles de inclusión social y las posibilidades de mejoramiento de la calidad de vida de los individuos. El ejercicio pleno de los derechos del ciudadano se hace imposible en una situación de pobreza extrema, de ausencia de educación y atención adecuada de la salud, pues estos factores, sumados a la carencia de servicios básicos , provoca un estado de descontento que puede conducir a la explosión social. Ninguno de estos fenómenos es desconocido en Europa, donde una de las consecuencias es ver sus fronteras perforadas por la migración masiva de individuos en procura de una mejor calidad de vida o, lisa y llanamente, en busca del sustento que la crisis les arrebató. Durante varios siglos Europa fue tierra de emigrantes, que poblaron e incluso fundaron países. Hoy se buscan en el Viejo Continente argumentos para no aceptar que la historia -en una vuelta de tuerca- haga de esos países una tierra de inmigrantes. Se habla de los movimientos migratorios como si se tratara de una novedad de estos tiempos, una suerte de plaga de fin del milenio, como si antes no hubieran existido, y se establecen obstáculos legales para la radicación de los recién llegados. Según el Fondo de las Naciones Unidas para Actividades en materia de Población, los emigrantes constituyen "una proporción considerable de la fuerza de trabajo mundial y se hace imprescindible un acuerdo internacional para regular este proceso caracterizado por su falta total de orden y reglamentación " Cuesta creer, por ejemplo, que haya sido en España donde se acuñó el despreciativo término "sudaca" -como ya analizáramos anteriormente- para denominar a los ciudadanos latinoamericanos, en su gran mayoría hijos o nietos de españoles, que en muchos casos acudieron a la llamada Madre Patria para huir de persecuciones políticas en sus países de origen. Por otro lado, tal vez la sonoridad del apelativo inspiró a los españoles a poner en uso últimamente otro término de resonancias aún más discriminatorias: "judacas", con lo cual se remueven antiguos odios raciales que tuvieron consecuencias terribles en la península ibérica hace ya varios siglos, en tiempos de la Inquisición, cuando la opción era, en el menor de los casos, el cambio de fe o la muerte en medio de los peores tormentos. La expulsión de los judíos de España a fines del Siglo XV -coincidentemente con la llegada de las naves de Colón a las costas americanas- es una de las mayores tragedias de un mundo que abandonaba el Medioevo e ingresaba en la modernidad. Significó, entre otras cosas, la dispersión de millares de familias por el Sur y Este de Europa y la emigración a los reinos americanos de no pocos de los llamados "marranos ", pero cuyas vidas y bienes continuaron en peligro. En el Norte de Europa, los argumentos discriminatorios que se aplicaban hasta no hace mucho tiempo a los europeos del sur (entre ellos, a los propios españoles que hoy se sienten tan orgullosos de su recién estrenada condición de europeos) han sido trasladados en la actualidad a los norafricanos, latinoamericanos y centroeuropeos. Generalmente, la argumentación se elabora desde un grupo dominante de tradicional raigambre urbana, en contra de personas de origen campesino pobre, y mayoritariamente con diferencias culturales. Suele darse un choque entre culturas más urbanizadas, industriales y de clase alta, y los recién llegados de origen campesino, de culturas menos industrializadas, o de las llamadas clases bajas. El "síntoma" de este fenómeno es siempre el mismo: se percibe a los extranjeros como "extraños", ajenos a la cultura, valores o modos de vida del lugar, alguien a quien hay que temer y con el que se debe adoptar una actitud defensiva. En las formas más burdas de expresión, los "extraños" vienen a apropiarse de lo que tienen los del lugar, sus logros económicos, culturales, artísticos y hasta de sus mujeres, quizá la "propiedad" más valiosa para muchos de los que iniciaban cruzadas contra los invasores. Los mismos argumentos que llevaron a los hombres de la Edad de Piedra a inventar el primer garrote. El capitalismo asociado a la democracia es el sistema que la inmensa mayoría de la población mundial eligió para vivir. Las minorías y los mas pobres tienen que tener un lugar para encontrar la armonía que buscamos. Tal como están planteadas las cosas, no se visualiza un futuro sin conflictos.

 

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