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 Bibliografía - Libro Racismo y Discriminación en la Argentina

Racismo y Discriminación en la Argentina - INICIO

La convivencia democrática y sus obstáculos.

"En la escuela, convivían durante varias horas diarias gringuitos y gauchitos; pero ya no eran gringuitos, pues habían nacido en esta tierra, y en la misma escuela se inculcaba poderosamente nuestro principio institucional referente a la nacionalidad por el suelo de nacimiento. De manera que esas escuela no tenían ni gauchitos, ni gringuitos, sino criollos, aunque unos tuvieran la tez color mate y el pelo tan renegrido como los ojos, y otros fueran sonrosados, de cabellos rubios y ojos claros. Allí aprendían que todos eran criollos, y al cabo de los días esas nuevas generaciones terminaban convencidas de la identidad nacional de unos y otros "

A. Pérez Amuchastegui

Frente a los problemas de discriminación, xenofobia y racismo presentes en todos los países, incluído el nuestro con distintos grados de incidencia, corresponde preguntarse si la sociedad tiene recursos para intentar resolverlos. La respuesta es sí. En un marco de democracia, es posible buscar soluciones para estas circunstancias y desactivar los conflictos, aunque no se trata, de una tarea sencilla. La integración de los inmigrantes requiere resolver primero cuestiones elementales, como su acceso al trabajo y la protección de las personas mediante una legislación laboral orientada a establecer condiciones de igualdad. Hay, por otra parte, antecedentes de acuerdos con sus países de origen, cuyo objetivo es organizar su ingreso y radicación posterior. Asimismo, puede plantearse la puesta en marcha de una educación ínter o multicultural. Sería el caso, por ejemplo, de regiones con una importante presencia de indígenas, como sucede con algunas de nuestras provincias del norte, o lugares con una alta concentración de inmigrantes. Conviene recordar que desde hace mucho tiempo existen en la Argentina colegios vinculados a distintos cultos religiosos o que nuclean a diversas colectividades. Cuando de la inserción de los inmigrantes en el mercado laboral se trata, adquieren una singular importancia las dependencias estatales encargadas de controlar las condiciones de trabajo, la legalidad en las contrataciones, las modalidades de remuneraciones, el acceso a las obras sociales y otros aspectos de peso. No se trata de crear estructuras burocráticas paquidérmicas y disuasorias, sino organismos ágiles y eficaces, que no corran el riesgo de acabar convertidos en entes nebulosos que vigilan la aplicación de una suerte de Legislación de Indias, como la que regía para la "protección" de los indígenas siglos atrás, en tiempos de la colonización española. Pero todos los esfuerzos oficiales o de las organizaciones no gubernamentales para desarrollar una armónica integración de los inmigrantes y luchar con éxito contra todo tipo de discriminación serán inútiles si no se aborda el problema cultural que está detrás del prejuicio. Un porcentaje abrumador de la población está dispuesta a aceptar sin discusión que la democracia debe garantizar el gobierno de las mayorías, a través de sus representantes, pero no es tan sencillo convencer a esas mayorías de que están obligadas a respetar los derechos de las minorías, sean éstas políticas, étnicas, religiosas, lingüísticas o culturales, y que se les debe facilitar sus manifestaciones en la política, en el arte, en la cultura y en todos los ámbitos de la vida social. De allí la importancia de impedir el desarrollo de ideas discriminatorias en las etapas más tempranas de la formación de las personas. Encuestas realizadas en distintos países para determinar cuáles son los elementos de mayor incidencia en lo que hace a la orientación básica en la vida, proporcionan algunos datos ilustrativos. Un 70 por ciento de los encuestados afirma que la educación fundamental se recibe en el seno de la familia; que un 20 por ciento se recibe en la escuela y el restante 10 por ciento a través de los medios de comunicación, los amigos, la iglesia y otros mecanismos de formación de las personas. Los jóvenes ven un promedio de tres o cuatro horas de televisión por día, y sus consecuencias pueden palparse en sus expresiones, en la ropa que visten, en sus aspiraciones, en el comportamiento, en la falta de ideales movilizadores, etcétera. Este fenómeno de la invasión televisiva al hogar se da, por otra parte, en el contexto de un proceso de crisis de la familia tradicional, donde se debaten los nuevos roles de los padres. La televisión se ha convertido en una verdadera fuente de violencia, apuestas y apología de la droga, a la que acceden sin contención niños, cuando no bebés que, instalados ante el aparato, dejan de llorar para comodidad de todos nosotros, abuelos, padres y hermanos. La escuela cobra entonces una gran importancia ante esta situación de "acefalía" familiar . Por eso no debiera limitarse a transferir conocimientos de una manera mecánica y cumplir el rol tradicional ya establecido, sino que tiene ante sí el desafío de estimular actitudes críticas y transformadoras en la sociedad, con la consigna de fomentar la convivencia, la tolerancia y la solidaridad. La educación puede ser uno de los medios más eficaces para integrar a los individuos y las comunidades, con proyectos que contribuyan a la convivencia solidaria, la interacción y el enriquecimiento de quienes participan. Si, como dicen muchos educadores, "educar es dar al ser humano el poder de auto gobernarse para no creer sin pruebas", al estimular el espíritu crítico, se estará contribuyendo al surgimiento de ciudadanos más libres, capaces de responder e intervenir positivamente ante cualquier situación que afecte a la sociedad o a alguno de sus sectores. Si esta es la escuela que queremos, la actual es todo lo contrario.

"Hay que cerrar los colegios dos años, educar a los maestros y profesores, muy intensamente, con los valores antedichos y recién entonces volver a las clases con otro espíritu y conocimiento". "Durante ese período, los alumnos de los colegios primarios y secundarios, seguirán concurriendo a los colegios, donde sólo realizarán gimnasia y música. Esta comprobado que estas materias nunca le han hecho mal a nadie".

Tal fue la extrema propuesta del candidato a Presidente, Jorge Abelardo Ramos que mereciera la simpatía de los niños y la reflexión de los mayores. Sin duda que esta escuela está en crisis. Hay que replantearse la nueva escuela ante los tiempos que se vienen. Es prioritario. Enrique Santos Discépolo señalaba ya en la década del 40:

"Ya nadie comprende, si hay que ir al colegio o habrá que cerrarlos para mejorar "

El pensador Ivan Illich agrega:

"De pronto la escuela se encuentra en vías de perder su razón de ser política, económica y pedagógica. Súbitamente la escuela aparece como un rito que sirve para hacer tolerable las contradicciones de nuestra vida. "Hoy, la fe en la enseñanza ha venido a constituir una nueva religión, y el ritual se denomina ir a clase" . La gente de este suelo ha demostrado más de una vez que hay aquí un cimiento más que apropiado para la acción solidaria. Basta recordar, por ejemplo, la amplitud de la respuesta social ante las necesidades de los compatriotas afectados por las inundaciones en diversos puntos del país. El masivo movimiento de apoyo que originó la emergencia permitió verificar el ejercicio de una ética de la responsabilidad, que lleva al compromiso y deja de lado la pasividad y la indiferencia. Aunque hubo algunos casos, de gente que pretendió sacar provecho de la desgracia ajena, puede afirmarse que el "nosotros" se impuso al "yo" de quienes querían medrar. Pero conviene no olvidar que el mensaje más reiterado en la vida cotidiana rescata como los principales valores y méritos para exaltar, aquellos que son los que se vinculan directamente con la obtención de la riqueza a cualquier precio, la competencia, el dominio y la imposición. Hay cuestiones que parecen semánticas pero muestran que hasta en su relación con la naturaleza, el hombre habla de control y dominio. Las consecuencias son catastróficas: una contaminación que se expande incontrolable por el planeta pone en riesgo la casa común y compromete la vida de las generaciones por venir. De cara al futuro, pensamos que es imprescindible invertir energía y dinero en una industria primordial: la que produce nociones de igualdad y tolerancia, es decir, en la educación en todos sus niveles, único modo de lograr que el desarrollo personal de los individuos no comprometa los derechos de los demás, y que los éxitos personales se transformen directa o indirectamente en beneficios para la sociedad. El carácter dinámico de ida y vuelta de las relaciones que se establecen actualmente en la economía, la ciencia, la tecnología, el arte y otros terrenos en el orden internacional, debe impulsarnos a romper el inmovilismo social y cultural alentado por intereses sectoriales, por la falta de espíritu crítico y por la tendencia al aislamiento de las personas y los grupos sociales. Esta cristalización favorece el desarrollo de dogmatismos y prejuicios que pueden conducir, finalmente, a fenómenos como la discriminación, la xenofobia y el racismo. El Siglo XX ha sido una dura y a menudo amarga lección para la humanidad. El hombre ha tenido que aprender en medio de las sombras del hambre y de la desigualdad, de la discriminación y la tortura. Todos somos hoy hijos y sobrevivientes de esas sombras y tenemos la responsabilidad de disiparlas para que no vuelvan a instalarse entre nuestros hijos y los hijos de nuestros hijos. Atrás quedaron las experiencias más extremas del colectivismo, del fascismo, las dictaduras y fanatismos de todo signo. Pero nada nos garantiza que no resurgirán sus motivaciones más profundas y que no volveremos a sufrir sus consecuencias: el desprecio por la vida de los otros, el autoritarismo, el afán de dominio absoluto, la intolerancia, el racismo y la tentación de reemplazar a la inteligencia por la fuerza. No podemos asegurar de que los seres humanos hayamos superado el fanatismo ni que estén enterrados para siempre los pretextos de la destrucción. Esas justificaciones son casi tan antiguas como el hombre, apelan a un sentimiento de superioridad racial, religiosa o cultural; a una visión maniquéa que divide el mundo entre amigos y enemigos; a la falsa ilusión de que el poder equivale a la aniquilación de los adversarios. Los integrismos parten de la base de que no existe otra verdad que la propia y necesitan imponerla a toda costa. Bajo esa convicción fanática de que no hay otra alternativa, la democracia y el pluralismo no son posibles. La democracia supone igualdad de oportunidades para todos los que deseen expresarse y actuar en una sociedad. Reclama de cada uno un comportamiento responsable frente a los demás, sujeto a las reglas del derecho y al acatamiento de las autoridades La intolerancia y el fanatismo desconocen la existencia del otro y lo convierten en algo lejano y anónimo que no despierta ningún sentimiento. No es ese el mensaje que nos llega desde el fondo de nuestra historia: los primeros gobiernos patrios mostraron la fuerte vocación de nuestros próceres por establecer la igualdad de todos los ciudadanos, inspirados en parte, por los ideales de la Revolución Francesa. Mariano Moreno, integrante de la Primera Junta, escribe el Decreto de Supresión de Honores. La Asamblea del Año Xlll dicta la libertad de vientres y decreta la abolición del Tribunal del Santo Oficio de la Inquisición en las Provincias Unidas del Río de la Plata. Los antecedentes constitucionales de la Argentina, desde la fundación de la República, protegen al ser humano, no importa su nacionalidad, condición o procedencia. Basta con leer el Preámbulo de la Constitución Nacional para saber que los derechos se hacen extensivos a todos los hombres que habiten este suelo. Asimismo la parte doctrinaria de la Constitución Nacional establece: "La Nación Argentina no admite prerrogativas de sangre ni de nacimiento; no hay en ellas fueros personales, ni títulos de nobleza. Todos sus habitantes son iguales ante la ley y admisibles en los empleos sin otra condición que la idoneidad. La igualdad es la base del impuesto y de las cargas públicas." Y también:

"Ningún habitante de la Nación puede ser penado sin juicio previo fundado en ley anterior al hecho del proceso, ni juzgado por comisiones especiales, o sacado de los jueces designados por la ley antes del hecho de la causa. Nadie puede ser obligado a declarar contra sí mismo." Además:

"Todos los habitantes de la Nación gozan de los siguientes derechos conforme a las leyes que reglamentan su ejercicio: a saber, trabajar y ejercer toda industria lícita, de navegar y comerciar, de peticionar a las autoridades; de entrar, permanecer, transitar y salir del territorio argentino; de publicar sus ideas por la prensa, sin censura previa; de usar y disponer de su propiedad; de profesar libremente su culto; de enseñar y aprender."

Por otra parte:

"Ningún habitante de la Nación será obligado a hacer lo que no manda la ley, ni privado de lo que ella no prohibe. "Los extranjeros gozan en el territorio de la Nación de todos los derechos civiles del ciudadano."

La progresista generación del '80 incentiva la inmigración con un resultado que todavía mostramos con orgullo: en el censo de 1910, más de la mitad de la población es extranjera. La Guerra Civil Española, producida entre 1936 y 1939, y la Segunda Guerra Mundial tienen como correlato un fuerte movimiento migratorio que encuentra a nuestro país como receptor de perseguidos y desplazados. Pero aunque desde mediados del siglo pasado la Argentina mostró su generosidad para recibir inmigrantes, sólo a fines de la década que termina se abrió el debate sobre nuestra condición social y étnica , la discusión sobre cuán generosos y abiertos creíamos que éramos los argentinos y cuánto lo somos en realidad. Pero la protección del pluralismo, la dignidad humana y la tolerancia no dependen sólo de la Constitución y de las leyes. Influyen notablemente las actitudes y costumbres, el clima moral de la comunidad y las normas que rigen nuestra convivencia diaria. Es en el seno de la familia y del grupo de amigos, desde la primera infancia, donde se aprende a respetar a los otros, a reconocerlos como iguales, a convivir con ellos y sus diferencias. El pluralismo es resultado de los gestos y el aprendizaje cotidianos, y a través de ellos, se va haciendo parte de la cultura familiar, de la escuela, del grupo, del lugar y de la Nación. Si falta ese basamento, si no existe esa predisposición aprendida a lo largo de la vida, cualquier grupo social corre el riesgo de amurallarse, desconociendo la calidad humana de quienes están más allá de sus límites culturales. Ello es más notorio en momentos de crisis, empobrecimiento y amenazas bélicas, en los cuales la falta de un hábito de tolerancia lleva a estigmatizar a las minorías sociales y culturales. Una comunidad sometida a esas dinámicas puede convertirse en un grupo en el cual primen sus más mezquinos intereses y que se aterre ante la diversidad propia y ajena. Porque toda intolerancia, todo fanatismo, revela un gran temor y una enorme inseguridad. Temor a la libertad y a sus diferentes expresiones; temor a los otros, con sus maneras distintas de ser y de expresarse. Es el antiguo reflejo que lleva a calificar de bárbaros a los extraños, atribuyéndoles torcidas intenciones y propósitos dañinos. Es la inseguridad respecto de los propios valores, ideas y elementos culturales que vuelve a una sociedad impenetrable, cerrada al diálogo y a la integración. Un mundo que no pueda reconocerse en sus diferencias, que no cultive el pluralismo, que se piense a sí mismo como compuesto de amigos y enemigos, se expone a repetir hasta el fin la tragedia de la intolerancia y la deshumanización. Se condena a olvidar que las civilizaciones se han desarrollado gracias a su encuentro e intercambio con otras, a pesar de las guerras y las disputas por los territorios. A propósito de esta imperiosa necesidad de comunicación, Rigoberta Menchu Tum, descendiente de los habitantes originarios de Guatemala, Premio Nobel de la Paz, expresó en 1995:

"...Vivimos la pérdida de valores sociales como resultado de una visión deshumanizada y materialista. La desintegración paulatina de los diversos lazos familiares y sociales es una de las tantas consecuencias provocada por la valorización de los seres humanos en cuanto productores de riqueza o incluso como mercancías y no como personas, cuya dignidad es intransferible, inalienable y no comerciable. En la actual crisis mundial no se puede pretender buscar soluciones al margen de la participación de todos los sectores sociales. Requerimos escuchar a los niños, a las mujeres, a los hombres, a los pueblos, y no sólo respetar nuestras diferencias, sino promover los principios básicos de una convivencia digna".

 

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